Antes del final

Apenas hace un par de semanas, me enteré de que vas a existir. De alguna manera, un trozo de esta mujer que se acaba quedará en tus manos, en tu mirada, en el lunar de tu hombro y, espero, en tu memoria. Cuando empieces a pensar y a preguntarte cosas, yo ya no estaré aquí para contestar, para poder decirte todo aquello que nunca me atreví a decirle a nadie y todo lo que siempre quise enseñar a un niño, aquello que guardaba para una generación sin rencor, sin más ánimo de revancha que el de exigir su propio futuro. Y ahora que encuentro la oportunidad de reflejarme en una vida nueva, la mía ya es demasiado vieja.

Aunque tardes mucho en aprender a leer esto, es muy probable que hasta ahora, que te enfrentas a una procesión de letras inesperada y apátrida, no hayas oído nunca hablar de mí. Y si intentas preguntar a alguno de tus mayores por la autora de esta pequeña historia, encontrarás una sonrisa amarga por respuesta. Tal vez perseverando unos días en la cuestión consigas arrancar algo más que un murmullo de Eduardo, tu padre y mi hermano. Espero que ya se le haya pasado todo el rencor que acumulamos durante estos años, o al menos que no se le alborote la úlcera. Que no sufra la vergüenza de tener que vivir con el fantasma del lado oscuro, el pariente maldito del que no se supo, ni se quiso saber, nunca más. En todo caso, desconfía de lo que te cuente, casi todo será verdad y eso es lo terrible. Lo malo de la verdad es que no tiene remedio. Me gustaría que te quedaras solamente con las mentiras e invenciones que la falta de información sobre el destino de mis huesos, como un poso espeso, habrá ido dejando en su memoria sin querer. Aunque es muy probable que aún conserve el sabor agridulce de los veranos en Olivenza, aquellos maravillosos años.

“A ti no te podremos enterrar. Un día te dará por morirte en cualquier sitio, a la sombra de una encina sin nombre, y encontraremos tus huesos por los cuervos”. La abuela Emilia, tu bisabuela, entre otras lindezas, solía comentar esto cuando, en las temporadas veraniegas que de niña pasaba en el pueblo, escapaba después de comer a recorrer los campos que lo rodeaban. Y, como a todos los viejos, el tiempo casi le ha dado la razón. Unas veces en burro, otras a pie o en bicicleta, en apenas un par de meses de vacaciones no había olivar, charca o sendero que no hubiera dibujado mi sombra intrusa sobre su superficie. Y a la vuelta, siempre la misma cantinela, la inútil protesta de la vieja ante un enemigo que, cada tarde, hurtaba de su vigilancia a su protegida, al querubín tentado por el diablo para descubrir cada rincón de vida que la naturaleza le brindaba. La tranquilidad de ver mis piernas sucias y morenas de vuelta a casa no ocultaba el temor que le provocaba el relato de mis aventuras. El vuelo de un cernícalo, la carrera de una liebre, la implacable persecución de un lagarto que siempre se me escapaba bajo las piedras del pretil de un pozo. Todo era pánico en su mirada. Con el tiempo, el humor negro y el chantaje sentimental se revelaron como inútiles, así que empezó a intentar socavar mi vocación silvestre con argucias más refinadas. Durante semanas rescataba todas sus habilidades culinarias, haciendo hincapié en la repostería. Pastas de mantequilla, piñonate, leche frita, bizcocho, migas con chocolate, magdalenas, peras con vino y canela, arroz con leche. Todavía se me alborota la saliva recordando. Cada vez que huía al campo, leche y galletas maría como desayuno, merienda y postre. Mientras tanto, Eduardo, con la raya del pelo siempre impecable y los zapatos tan brillantes como el día de la comunión, se atrevía incluso, por verme rabiar, a no apurar el reborde salpicado de canela de un cuenco de natillas. Creo que fue por entonces cuando empezamos a separarnos.

Siempre fuimos muy distintos. Deben ser esas paradojas de la genética. Mismos padres, mismo colegio, misma educación y resultados opuestos. Y, según fuimos creciendo, todo empeoró hasta la muerte de papá y mamá. Fue horrible. Estábamos en un campamento de verano y yo, para variar, estaba siempre castigada. No entendía, ni entiendo, por qué había que estar todo el día moviéndose en manada, cuando a mí me apetecía hacer otras cosas. Ahora a la piscina, ahora a montar en bici, ahora a comer y luego a cantar, todo en grupos de veinte. Estaba harta. Mientras, Eduardo disfrutaba como un enano, todo el día de aquí para allá, rodeado de amigos. A la semana no pude aguantar más y llamé a casa para que vinieran a buscarme. ¡Maldita sea, se mataron en el camino! Nunca lo superaré. Cambio tanto mi vida que a veces me pregunto que hubiera sido de mí si no hubiera cogido aquel puto teléfono, si por una vez hubiera sido distinta a como soy. Eduardo aún me seguirá culpando de ello. Y, de vez en cuando, yo también lo hago. Desde entonces, creo que no ha vuelto a hablarme. Nos fuimos a vivir con el tío Enrique y la tía Susana, pero para mí ya no había casa a la que llamar hogar y, cuando hice la selectividad, me marché a estudiar a Santiago. Nunca más he visto a tu padre. Todo lo que sé de él es por referencias, por familiares o amigos comunes. Que se hizo abogado, que vivió con los tíos hasta que hace tres años se casó, al fin, con una compañera del trabajo y que parece un hombre feliz. Tal vez lo mismo que él sabe de mí. A ratos pienso que me falta algo, que debería intentar recuperarle, pero no sé como empezar, como volver atrás. Y sobre todo, tengo pánico a que me rechace, a que el rencor haya traspasado una barrera de casi treinta años, y siga fresco y escondido, esperando su oportunidad para revivir.

Tengo muchas cosas que contarte, tantas que tal vez no tenga ya tiempo para hacerlo. Pero necesito que sepas que existo, que una rama torcida en tu árbol genealógico, la tía Gemma, hubiera querido estar a tu lado, oírte llorar o llevarte en Navidad a ver a Papá Nöel. Tener el hijo que no quise y que ya no puedo tener. Tal vez sea mejor empezar por el final, por los últimos meses. Sé que me voy a morir, pero no como todo el mundo, con esa certeza abstracta y futura. Tengo la fecha de caducidad marcada, como los yogures. Creo que antes del verano ya me habré marchado, con mi soledad, mi tumor y mis recuerdos de 42 años. De alguna forma tuve suerte. Cuando el médico terminó el diagnóstico no había nadie a quién mentir, ningún intermediario que suavizara sus palabras antes de transmitirlas al enfermo. Sólo yo. Y entonces, la pregunta fatídica escapó de mis labios: ¿Cuánto tiempo tengo?. La respuesta da igual. Simplemente te diré que me pareció mucho y muy poco. De repente te das cuenta de que tienes mucho que hacer, cosas que nunca pensaste y que, de repente, te parecen imprescindibles. Pero, al mismo tiempo, te invade un sentimiento de fatalidad, una sensación de que ya no hay prisa, de que todo está hecho. Sólo tengo algo claro, algo que haré aunque sea en el último minuto. Hablaré con tu padre. Aunque no conteste, aunque me desprecie, aunque haga mucho tiempo que dejé de vivir para él.

Antes, mucho antes, disfruté de años felices que empezaron en mi época de estudiante. Santiago es tan abierta, tan amigable, que hace que nadie se sienta forastero. Estudié Farmacia, una carrera de “niñas” por entonces, y decidí quedarme allí. Es una ciudad con el tamaño justo para pasar desapercibido y, al mismo tiempo, encontrar enseguida a tus conocidos. Mi carácter independiente y, con frecuencia, tormentoso, no me granjeó muchos amigos, pero los pocos que conseguí lo han sido para siempre. Nunca los subestimes. Un amigo nunca sustituye a la familia, pero a veces se parece tanto… Tampoco creas que fui una monja o algo así. No me faltaron, ni entonces ni luego, hombres a los que amé y, no todos, me amaron. Tal vez alguno todavía lo haga. Pero nunca quise comprometerme. Sabía que antes o después rompería amarras con la rutina diaria, con la costumbre. Y mira tú por donde, al final me convertí en eso, en un animal de costumbres. La misma cafetería, el mismo mercado, la misma casa y la misma farmacia me han acompañado desde entonces. Hasta el mismo paraguas. Pero hay algo dentro que se me revuelve, que me invita a partir cada mañana, aunque sólo sea en mi interior, por los campos de encinas de cuando era niña. A veces me calma el mar, ese enorme abrevadero en cuya orilla nos juntamos cada sábado un grupo de amigos para caminar y charlar. Una especie de club deportivo donde sólo hay que hablar y escuchar. Bueno, y jugar a las cartas. Ya ves, aun así, de nuevo la rutina. Muchas veces el temor a la soledad es mayor que el apego a tus principios.

Dicen que la gente, en el instante antes de morir, repasa toda su vida como en un destello, con todos sus recuerdos apelotonados, los buenos y los malos, rebotando en su mente. Yo tengo tiempo, poco pero mucho, para repasar mi vida. Casi hasta para escribir un pequeño libro sobre la vida y andanzas de Gemma Vergara, de como vio pasar muchos trenes por delante de ella y cuando se subió al que creía el suyo, pensó que tal vez se equivocaba. Si, todo son trenes. Rápidos, con muchas paradas, nocturnos, de cercanías. Cada vez que hacemos algo elegimos un trayecto, con muchas estaciones, pero da igual en cual de ellas bajemos. El trayecto está elegido y es distinto de otros, con los que tal vez no te cruces ya nunca. Por eso quiero dejarte un billete abierto, una posibilidad de viaje que tú elegirás cuando puedas hacerlo. No tengo a nadie, ya te lo dije. Por eso he dejado escrito que todo lo que poseo llegue a tus manos. Tal vez te dé tiempo a nacer antes de que… Bueno, ya sabes. Eso facilitaría las cosas, pero parece que aunque me entren las prisas, se podrá arreglar. De eso sabe bastante mi abogado. Y tu padre. No es mucho. Una casa, una farmacia, mis ahorros y una cajita con cuatro joyas. Pero te ayudará. La vida es más sencilla con algo de dinero, con el suficiente. Es más fácil elegir, pero espero que no te equivoques. Como yo.

mujer pirata

Pero ya basta de ponerse melosos. Creo que tantos años en Galicia me han vuelto adicta a la morriña. Quiero que te quedes con lo positivo, que me recuerdes como esos parientes que hace años se iban a hacer las Américas, ese ideal de aventura que les hizo partir para buscar nuevos horizontes dentro y fuera de sí mismos. Era el desafío a lo desconocido, el coqueteo con el fracaso y, tal vez, hasta con la muerte. Eran los pioneros, los exploradores, los piratas. Eso es. Pirata. Como Mary Read y Anne Bonny, y recorrer los mares del Caribe aterrorizando galeones y bergantines, sin más destino que la mar ni más futuro que el día siguiente. Está decidido. El día que crezcas, el día que alguien te deje leer esto, yo ya habré partido a mi Caribe particular y, en tu memoria, me gustaría que quedara la firma de Gemma, tu tía pirata.

Published in: on abril 3, 2020 at 8:06 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Genial José 👏👏 Me quedo con estos dos fragmentos:
    “Dicen que la gente, en el instante antes de morir, repasa toda su vida como en un destello, con todos sus recuerdos apelotonados, los buenos y los malos, rebotandpo en su mente.
    . De repente te das cuenta de que tienes mucho que hacer, cosas que nunca pensaste y que, de repente, te parecen imprescindibles. Pero, al mismo tiempo, te invade un sentimiento de fatalidad, una sensación de que ya no hay prisa, de que todo está hecho. Sólo tengo algo claro, algo que haré aunque sea en el último minuto”.


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