Este otoño caen menos hojas

Hace más o menos un año, poco antes de las ferias profesionales más importantes del mundo de la edición, el otoño se presentaba triste para el mundo del libro. Al menos para lo que todos entendemos como libro. Con la prevista invasión de los lectores electrónicos, las páginas de nuestros queridos tomos, ya se agruparan en rústica o en tapa dura, empezaban a aletear mustias bajo el viento, previendo un temprano e inevitable óbito. Los editores, albaceas del conocimiento almacenado en la pasta de celulosa, lloraban en los preparativos del funeral sin tener preparado el traje para las galas del bautizo del recién llegado.

La rimbombante, y añeja, galaxia Gutenberg estaba a punto de zambullirse en un catártico remolino y todos nos olvidamos de golpe de cómo nadar.

Ahora nos engulle un nuevo Octubre y las trompetas del fin del mundo parecen sonar más lejanas. Hemos gastado tanto tiempo hablando, y escribiendo, del formato electrónico que hemos hecho del tema un compañero de viaje cansino. Tiempo que, por otra parte, tal vez no merecía.

La oferta de lectores se ha estabilizado y solamente los amigos de la manzanita mordida, con su marketing avasallador, han alegrado algo el patio. A pesar de su crecimiento exponencial (lógico partiendo de cero) finalmente, hay menos incidencia del contenido electrónico de lo que se pensaba hace unos meses. Por un lado, la oferta legal de contenidos sigue siendo ínfima y a precios muy cercanos al libro en papel. Por otro, la tecnología, cual Saturno, acaba engullendo a sus hijos, haciendo que tanto los aparatos lectores como los formatos de los contenidos queden obsoletos en poco tiempo. Pero no nos engañemos, el libro digital no ha venido de visita, si no para quedarse. En el teléfono, el ordenador o una pantalla de tinta electrónica, habrá público que lo demande. Y cada vez más.

A pesar del oscuro paisaje del año anterior, la situación ha servido para que los distintos componentes del mercado del libro se arremanguen para pasar el plumero a sus convencionalismos, algunos casi centenarios. Basta con mirar los programas de actividades de las ferias profesionales del trimestre. En el Liber de Barcelona, en Frankfurt y en Guadalajara se confirma la tendencia imparable de ponerse al día, de estrenar ropa nueva. Impresión y distribución de libros bajo demanda, utilización de herramientas 2.0 para la promoción, integración de nuevos formatos en bibliotecas, revisión del papel del distribuidor en un entorno digital, el autor frente a las nuevas posibilidades del mercado…

Y, por supuesto, también contenidos electrónicos.

En definitiva, un sector que se está reinventando para seguir creciendo, en la que cualquier propuesta puede ser válida si consigue mejorar y agilizar las estructuras. Un sector que ya es consciente de que el libro, aún siendo papel, puede ser mucho más que eso. Un sector que ha olvidado, en solamente dos o tres años, su pasado inmovilista y estático. Un sector en el que tecnología ya no es sinónimo de enemigo. Y, por encima de todo, un sector en el que el sufrido lector, el que compra los contenidos que editamos, nuestro cliente, ya es, gracias a la red de redes, parte activa del proceso.

Este otoño hay razones para pensar que de nuestros libros caen menos hojas. Y es que parece que, plagiando groseramente un viejo axioma de la física, es la hora de decir que el libro ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Artículo publicado en Culturalia (Octubre 2010)

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Published in: on septiembre 24, 2010 at 6:29 pm  Comments (2)  
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Apología de lo simple

Allá por los años 50 del siglo pasado, los norteamericanos y los rusos se empeñaron en conquistar el espacio y se embarcaron en una loca carrera ideológica, tecnológica, propagandística y estratégica. En definitiva, muy esdrújula, como siempre que hay un pique entre dos potencias mundiales.

Dentro de los miles de desafíos con los que tenían que enfrentarse, y teniendo en cuenta que los ordenadores a bordo bastante tenían con seguir encendidos, era diseñar instrumentos de escritura que pudieran funcionar en el espacio. Las anotaciones científicas debían realizarse a mano, no era cuestión de llevarse una Olivetti de carro largo.

Los americanos se percataron de que la tinta de los bolígrafos se salía en ausencia de gravedad, por lo que se pusieron en contacto con los principales fabricantes para diseñar un bolígrafo que escribiera mientras nuestro astronauta orbitaba alegremente en los confines de nuestra atmósfera. Después de miles de dólares invertidos en I+D, centenares de pruebas y decenas de prototipos, la empresa Fisher lo consiguió. Había nacido el primer bolígrafo con tinta presurizada, capaz de escribir en cualquier circunstancia.

Mientras tanto, los rusos enviaron a sus astronautas con lapiceros.

No sé hasta que punto esta historia es cierta, pero me viene al pelo para lo que quiero contar.

Escribir es simple. Uno lo puede hacer mejor o peor, pero es simple. Basta con intentar que una idea pueda contarse para que se pueda escribir. Recuerdo un cartel impagable en Celtiberia Show, de Luis Carandell, uno de mis libros favoritos. Rezaba así: “Se habla inglés por señas”. Simplicidad y gracia.

Me gustan las cosas fáciles, las soluciones directas e ingeniosas para problemas que parecen complejos. A veces no parecen políticamente correctas, pero son eficaces. Por eso me gusta mi trabajo. Damos soluciones fáciles a situaciones que la gente considera complejas. En lo de publicar un libro, Bubok parece el lapicero ruso por su simplicidad. La diferencia es que lo hacemos tan bien como el boli de los norteamericanos.

Published in: on enero 19, 2009 at 11:54 pm  Comments (1)  
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